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23
nov
2016

Compendium ad inquisitio - VIII

Por BlackChapel miniatures

[ Me desperté casi congelado. El dolor era insoportable. Entre el vaho de mi aliento y la pesadez de mis sentidos me encontraba cegado y prácticamente indefenso. Me pareció una verdadera eternidad el tiempo que, con gran esfuerzo físico y mental me llevó volver a hacerme dueño de mí mismo. Y cuando por fin conseguí que mis miembros me respondiesen, empezaron repentinamente a recorrerme ráfagas de un dolor tan intenso que me quemaba bajo la piel.

El dolor vino acompañado por los recuerdos casi febriles de lo ocurrido. De toda aquella escena de pesadilla lo único que hubiera jurado cierto era mi propio final. Tal vez mi mente esté en el mismo estado que mi maltrecho cuerpo. Sin embargo cada vez que rememoraba lo ocurrido percibía más claramente que había sido testigo de un milagro. Un ángel resplandeciente intercedió por mi vida. Era la única explicación posible.

Todo empezó cuando, necio de mí, fui engañado por la falsa apariencia del demonio, pues lo que parecía un anciano cubierto de harapos deambulando entre los viejos arboles del camposanto, demostró ser una criatura de una naturaleza completamente distinta.

Me acerque sin demasiada cautela, lo que advirtió al anciano. En cuanto se dio la vuelta pude ver su inquietante indumentaria. En la testa, un cráneo como de cabra con unos prominentes cuernos era iluminado con luces fantasmagóricas que bailaban ligeramente en lo alto de su cayado. Casi simultáneamente apareció, aparentemente de la nada, un ser descomunal que me ataco con unas cuchillas que pendían de sus inmensos brazos. En pocos pasos aquella mole me alcanzo, y a través de su máscara herrumbrosa pude ver sus ojos de brillo antinatural.

Lo único que podía hacer era defenderme de las acometidas de la bestia, retroceder o parar los golpes. Pero de repente un escalofrío recorrió mi cuerpo. Se me empezó a nublar la vista y sentía la vida escapar. Como si trataran de arrancarme el alma.

No podía hacer nada. En ese momento cuando toda mi fe claudicaba, perdida ya toda esperanza, la luz lo inundo todo y el ángel salvador apareció. Su figura etérea se movía grácilmente atravesando con su espada espectral a la bestia. Es lo que pude ver antes de caer rendido.

He de confesar que si el relato tuviera como protagonista a otro, yo mismo dudaría mucho de la veracidad del testimonio… ]


Anotación personal sobre el encuentro en cementerio de Barmerforst.
Dictamen: perseverar en la fe.
Fr. Victor Ursinus, Inquisitor.

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