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3
mar
2016

Historias de los Pasos, Holdanbrück. I

Por Gustavo Cano y Diego Arenales

Entre las gentes de Altreich existe la creencia de que las Montañas Blanca nos aíslan y nos protegen de los poco civilizados pueblos del norte. Y apenas los habitantes de los valles y pasos más altos, conciben que sea posible cualquier tipo de relación con los hombres de Wulfland. Mi santo padre, de cuya memoria y legado soy valedor, fue testigo de que tales relaciones eran posibles. Nunca supo explicar con claridad cómo comenzó, o al menos eso decía. Sin embargo, de aquellos tiempos surgirían infinidad de historias. Y de entre ellas, hay una que recuerdo de forma especial.

De aquello hace ya muchos años, antes aun de mi padre conociera a mi madre. El invierno se había adelantado un par de meses dejando los pasos de las montañas intransitables por la nieve. Multitud de caravanas se vieron detenidas, quedado incomunicadas con sus respectivos viajeros. La ruta seguía el tortuoso y accidentado trazado de la antigua calzada cuando atraviesa el Gran Bosque de Thudsen. Más al norte de Eichenwald cuando el trayecto se convierte en un reto incluso en los días más apacibles, se encontraba mi padre compartiendo penurias con un variopinto grupo de viajeros, entre los que destacaban varios hombres de las tierras de Wulfland. El objetivo, por lo menos para mi padre, era el de encontrar cobijo en alguna aldea que dispusiera de un lecho caliente, un buen fuego y si pudiera ser, de una abundante despensa.

Los de Wulfland no debían de ser más que un puñado de hombres, viajaban ligeros debido a la experiencia y conocimientos. No parecían verse afectados por el frio o la fatiga. Entre aquel grupo de aguerridos hombres de armas parecía destacar el más anciano, una especie de sabio o consejero, que era muy respetado entre los suyos. Mi padre me dijo que en un principio pensó que se trataba de algún sacerdote o religioso de algún tipo. Sus compañeros le nombran con una palabra de su idioma, Isgaldran. A mi padre le llego un rumor de que se trataba de uno de aquellos practicantes de magia arcana que vagaban impunes más allá de las Montañas Blancas. Según creía, aquel hombre de poblada barba canosa era poseedor de algún tipo de poder o conocimiento sobrenatural.

Se encontraban en lo profundo del bosque ascendiendo entre barrancos y desfiladeros, ya en plena montaña, cuando una fuerte ventisca detuvo en seco su penosa marcha. La caravana se había detenido y se mantenía dispersa en pequeños grupos. Y por suerte o por desgracia mi padre se encontraba con aquel extraño hombre de Wulfland. Junto con la ventisca se habían formado unos jirones de densa niebla que poco a poco limitaban la visión del convoy. Y fue aquello lo que pareció sacar al hombre de su acostumbrada calma, observo intranquilo la niebla y se dedicó a gritar en el rudo lenguaje de Wulfland lo que parecían órdenes para sus hombres, y seguidamente con un gesto con las manos llamó al resto para que se aproximasen. Así, en un instante el grupo se agrupó en torno a él. Tras un breve vistazo a su alrededor comenzó a recitar un cantico usando palabras que ni siquiera parecían de su propia lengua alzando su mano hacia los cielos con algo que emanaba una fría y suave luz.

En aquel punto del relato es cuando ocurría lo realmente extraordinario. Mi padre siempre relataba entre sudores que entre aquella cegadora ventisca, pudo distinguir la silueta de extrañas criaturas; decía que eran bestias o criaturas infernales, tal vez fueran hombres salvajes o algún otro ser propio del folclore local. Según relataba una de esas bestias apareció muy cerca de su grupo. Mi padre decía que en su vida había visto una criatura semejante. Al parecer una especie de jabalí de tamaño descomunal, mayor aun que un oso de las montañas, con afiladas garras en vez de pezuñas. La bestia lo miró fijamente, mi padre pensó en aquel momento que esos pequeños ojos rojizos, que destacaban tanto sobre la oscura criatura se clavaban solamente en él. Pensó que ese era su fin, la bestia rezumaba odio, resoplaba y parecía preparada para atacar. Olisqueaba el ambiente, pero en vez de arremeter, hundió su retorcido hocico en la nieve escarbando el terreno hasta arrancar algo, para después salir trotando con ello en la boca como si de un dócil cachorro se tratase.

Mi padre no comprendía nada, no logro entender nunca lo que había ocurrido, se paralizó ante aquella situación sin sentido. Sin embargo, los hombres de Wulfland se encontraban tranquilos, el grupo al completo se encontraba bañado por la tenue luz del artilugio del anciano. Esto le dio a entender a mi padre que todo estaba bajo control.

Cuando la ventisca remitió, a los pocos minutos, el anciano que los hombres de Wulfland llamaban Isgaldran había desaparecido. Algo que por mucho que inquietara a mi padre parecía no preocupar en absoluto a sus compañeros norteños, que decidieron continuar con el viaje aun a pesar de su ausencia. Parecía que los recelos de mi padre eran infundados, pues a las pocas leguas se reencontraron con el ausente, que esperaba sentado sobre una inmensa piedra helada, labrada de extrañas marcas y símbolos.

Nunca supe si la historia de mi padre era completamente cierta o si aquellas criaturas realmente han existido. No suelo dudar sobre las viejas historias que contaba mi difunto padre, de aquellas en las que fui testigo os puedo asegurar que no las adornaba con exageraciones o con detalles ficticios. Aun así…

Mi padre fue un gran viajero de los que tienen historias fantásticas para amedrentar los más valientes corazones.

Lo que es cierto es que siempre, nada más concluir su historia subía lentamente su mirada al cielo buscando el norte, para dar mayor énfasis a su relato. 

Historias de los Pasos, Holdanbrück.
Relato sobre el famoso tratante fronterizo Thomas Zane por su hijo Johannes.

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